Día 2: el gimnasio

Buenas tardes, diario.

Lo primero de todo… lo siento, pero ayer no pude escribir. Físicamente imposible. Lo juro. Y hoy apenas he logrado mover mis articulaciones tras pegarme todo el día discurriendo por la ciudad como si fuera el auténtico ‘Robocop’ mientras la gente me miraba con pena al subir a bajar del autobús. Tengo agujetas hasta en los ojos. ¡Madre que dolor!

La verdad es que ya se me habían pasado las ganas de compartir nada, porque ha sido un día tan feo que casi decido tirar la toalla. Pero no. No lo haré. Resistiré -o, al menos, aguantaré un poco más, qué coño-.

Te contaré que según mis primeras horas de ‘mujer sana’, esto de ponerse en forma apesta. Y más cuando lo haces por una especie de presión social que no sabes muy bien de dónde viene. Mientras trato de descubrir a dónde me lleva todo esto, te contaré que ayer fue mi primera sesión de ‘Body pump’ en el gimnasio del barrio, o al menos un intento de ello, porque la mitad de los ejercicios los hacía al revés, y parecía que tenía un problema severo de sincronismo.

Cuando todo el mundo iba arriba, yo bajaba, y viceversa. Yo, que soy muy gráfica, me pegué media clase riéndome sola mientras me miraba en el espejo y me imaginaba a mi misma en uno de esos juegos en el que sobresale una cabeza y hay que darle con un mazo… a mis compañeras no les hacía mucha gracia y me miraban raro, por no hablar de la monitora, que me miraba con cara de ser la persona que acababa con la perfecta sincronía de su clase. Y yo, para variar, todavía me reía más. Un gran primer día de gimnasio -aunque ahora piensen que estoy mal de la cabeza, que podría ser-.

Mis compañeras, otro caso, iban perfectamente conjuntadas. La verdad es que no intenté interactuar con nadie porque preferí analizar un poco el ambiente. Y la verdad es que hubo de todo. A mi, que me vino justo para llegar a tiempo a la clase y no me preocupé demasiado de conjuntar colores, se me vino el mundo encima cuando vi el pase de modelos en el vestuario. Pero vamos, que algunas de ellas iban maquilladas. Y no me refiero a un maquillaje básico con anti ojeras. No. Maquilladas como puertas de garaje. No me lo explico. Yo sudé tanto que habría salido como un lienzo de Picasso. Menos mal que acerté con algo.

¿Y qué me dices de las flexiones? ¿Quién ha inventado ese ejercicio satánico? No puedo agacharme a recoger nada del suelo. Y lleva todo el día cayéndose todo a mi alrededor al más puro estilo Murphy. Y eso que la mitad ni las hice, porque me resultaba completamente imposible aguantar semejante ritmo. Digo yo que si parece que me han dado una paliza algo haría bien en esa puñetera clase a la que preveo volver, si Dios quiere mañana. Estos son los argumentos que me repito una y otra vez desde el lunes, para intentar convencerme de que voy por el buen camino. 

No me extenderé más por ahora, que todavía me siento en versión beta, pero te diré que sí, los leotardos se siguen rompiendo, y eso de ponérselos con agujetas es todavía el doble de frustrante. No obstante, no pierdo la esperanza de poder escribir algo bonito en los próximos días.

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